miércoles, octubre 01, 2008

Erase una vez...

hace mucho tiempo, en un lugar donde aún existía la magia, en un tiempo en que el mundo aún estaba poblado por seres fantásticos, una pequeña duende y un aprendiz de mago cruzaron sus caminos de forma inesperada.

La pequeña duende, siempre perdida entre sueños, caminaba mirando al cielo, elucubrando travesuras y juegos. El aprendiz de mago, que pocas veces sonreía, miraba al suelo, esperando, quizás, encontrar algo. Pero el choque obligó a ambos a regresar su mirada al mundo, a mirarse a los ojos un segundo. La duende, avergonzada, miró al suelo. El aprendiz de mago, escapando de su mirada, miró al cielo.

- Lo siento- murmuraron ambos como hablando al viento.

- No, es mi culpa, estaba despistada.

- No te preocupes, yo ni miraba...

- Oye y... ¿Cómo te llamas?

- Infinito, ¿y tú?

- Yo soy Azdumat, encantada.

La duende sonrió sonrojada y el aprendiz de mago sonrió con la mirada.

Desde aquel día, aprendieron a sostenerse la mirada, y a ver en los ojos del otro el reflejo de su alma, a mirar siempre al frente y no temer nunca a nada, porque un mago y una duende andan sobrados de magia.

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