jueves, noviembre 18, 2004

Marti

Hoy es uno de esos días extraños en que sale a pasear mi más sincero yo. Hoy tengo una historia que contar. Antes del suceso hubiera contado tantas otras... Pero ahora creo que este es mi cuento del día.

Iba caminando por la calle. Recién salida del bullicio de una estación de tren. Había ido leyendo y en cuanto el tren paró y todos bajaron comenzó la música. Caminaba feliz, pisando fuerte al ritmo de la música rock de los auriculares, fijando la vista en cada detalle. Un pájaro muerto, la vista a otro lado, no podía ver la muerte, no podía aceptarla y menos viendo unas alas que ya no podrían volver a romper las nubes a su paso. Pero el camino seguía, tenía que llegar a casa.

Algo produjo un sobresalto que hizo olvidar la muerte, fue la vida, o 7 vidas. Era un gato. Había pasado corriendo al lado. Tras el sobresalto, la observación, una sonrisa. El gato también miró. Se frotó con las patas del banco del parque, justo enfrente, lo que hacía suponer que se trataba de una gata en celo. Se acercó a la fuente junto al banco. La camara digital salió de la mochila para plasmar aquella gata cariñosa que se acercaba a frotarse en las piernas aunque se tratase de alguien desconocido. Imposible, no paraba quieta, pero era cariñosa y se acercaba reclamando sus caricias. Pasó algo así como media hora, las dos juntas. Entre caricias y lametones, entre juegos, entre intentos de fotografiarla. Al fin se decidió que, de nuevo, el camino debía seguir y así fue. Esta vez con compañía, la gata, que había sido bautizada con el nombre de Marta, y reemplazado por el de Marti, seguía a la que la había cuidado durante un breve espacio de tiempo, jugando por el camino, parándose a investigar cada detalle. ¡Cuánto parecido entre Marti y su "dueña"!
Surgió un imprevisto. Una perra, era conocida, de una vecina. Perra y gata se miraron a los ojos, inmóviles. Marti comenzó a irse despacio pero era predecible que Kira (la perra en cuestión) la seguiría, de modo que fue atrapada en los brazos de la que había de ser su protectora. Kira no desistió en su empeño persiguiéndola y Marti saltó y corrió. Cuando estaba a punto de ser atrapada trepó a un árbol. Trepó demasiado alto y ya no pudo bajar a pesar de los ruegos y animos, a pesar de que se le ofreció una mochila con su espalda sobre la que saltar. Otros 15 minutos de retraso a casa, pero Marti no bajó. Y el camino a casa continuó con su decepción, su tristeza y sus inevitables miradas atrás.
Quién sabe qué sucedió o qué sucederá, quién sabe si habrá un reencuentro...

I'll miss you...

2 comentarios:

Ramón dijo...

Los gatos, o tienen mucha suerte, o son tremendamente desgraciados, según se mire (mi visión sobre esto va por días): para mí, esta es la primera y la última de mis vidas; a ellos, en cambio, aún les quedan otras seis más.

Southmac dijo...

(comentario escrito escuchando a Tristania)

Érase una vez una red de redes creada y habitada por seres con cabeza y brazos que pasaban noches enteras explorando sus rincones.

Algunas veces la búsqueda, porque su naturaleza era curiosa, solía convertirse en un calvario de banalidades o en un peregrinaje por bellísimas fotografías de cuerpos vestidos de luz y sombras.

Algunas veces ocurría que encontraban algo que brillaba de manera especial. Algo demasiado humano como para pasar desapercibido.

Cuando los lobos esteparios coincidían en su viaje con las zorras de la sabiduría se desataba la intensidad y el absurdo.

...y sin embargo en esos momentos la sensación de fugacidad era más insoportable que nunca.